Por Carlos Espinosa
Este 25 de mayo de 2026 se conmemora el centenario del nacimiento de Elías Chucair, fallecido el 30 de julio de 2020 luego de una intensa vida donde se destacó como fecundo escritor de poemas, narraciones y crónicas referidas a la región sur de su amada provincia de Río Negro.
Pero más atrás en el tiempo, cuando contaba con jóvenes 32años, Chucair fue elegido diputado provincial por la Unión Cívica Radical Intransigente (UCRI) y formó parte de la primera Legislatura de Río Negro en aquella época fundacional de la novel provincia.
Esta nota resume tres artículos: uno referido a su labor política y parlamentaria, otro con consideraciones acerca de su enorme trascendencia literaria, y finalmente la síntesis descriptiva sobre una serie de crónicas de la historia sureña que habían quedado relegadas en la difusión más allá de Jacobacci, el terruño de Chucair.
La modestia como estilo de vida.
Durante más de cinco décadas Chucair se dedicó a la creación de poemas y relatos con fuerte contenido verídico, en donde sus personajes de carnadura real se movían en el paisaje de la línea sur. Pero no escribió ningún libro que contenga, en forma ordenada y cronológica, sus ricos recuerdos de aquella etapa de legislador provincial, entre 1958-62 y 1963-66, cuando ocupó una banca en la Legislatura de Río Negro.
Posiblemente porque su modestia, adoptada como un estilo de vida, dejaba de lado la jactancia sobre esas acciones de trascendencia pública. Dos veces fue elegido por el pueblo para ocupar una banca parlamentaria provincial.
En 1958 por la Unión Cívica Radical Intransigente (UCRI) que respondía al presidente Arturo Frondizi y al
gobernador Edgardo Castello. En 1963 por el Movimiento de Integración y Desarrollo (MID) de la misma orientación. En ambas ocasiones su mandato fue interrumpido por golpes militares.
Recuerdos desde la Banca.
Las siguientes son palabras del propio Elías Chucair, para una nota de la serie “Perfiles y Postales” en el diario Noticias de la Costa, de Viedma, en septiembre de 2006.
“Comencé a militar en política a los 22 años. En 1948, más o menos, aparecieron un día (en Ingeniero Jacobacci) José María Guido, Edgardo Castello, José María Diego Contín y el doctor Pochelú, de Bahía Blanca. Convocaron a todos los que querían enrol arse en la UCR y se hizo una reunión.
Yo venía leyendo los diarios de sesiones del Congreso de la Nación, porque un amigo de Jacobacci (de apellido Eguibar) trabajaba en la cámara de Senadores y me los mandaba. Así que yo seguía los debates con intervenciones de Frondizi, de Balbín, de Alende y tantos otros.
En esa reunión firmamos un manifiesto, éramos como 20 personas, pero después que se fueron los visitantes, al otro día, antes que lo mandáramos a imprimir algunos vinieron a pedir que le sacáramos el nombre, porque durante la noche habían pensado que era perjudicial, que los podían perseguir y esas cosas.
Así que al final quedamos unos diez o doce, y se formó el partido radical, estaban dos primos míos, don René Casamiquela, su hijo Héctor, José Villar, y otra gente, todos bajo la sigla de la UCR.
Después llegó la división y por un lado quedamos nosotros como UCRI (Unión Cívica Radical Intransigente) y por el otro la Unión Cívica Radical del Pueblo (UCRP)”.
“Para cuando se armó la Convención Constituyente (que empezó a sesionar el 31 de agosto de 1957) ya me decían que yo tenía que estar en la lista de legisladores, así que vine a Viedma para ver algunas sesiones y aprender un poco. No hubo internas para mi candidatura, me propusieron de Bariloche, porque era un solo circuito, junto con El Bolsón y Jacobacci, hasta Los Menucos”.
“Había tres diputados por Bariloche –dos por la mayoría: Beveraggi y Campbel, y uno por la minoría, Aguirre-; Jacobacci tuvo tres legisladores: Héctor Casamiquela y yo por la UCRI, y Andrés García Crespo por la UCRP. Además también (en el primer gobierno constitucional, encabezado por Castello) tuvimos un ministro oriundo del pueblo: don René Casamiquela (en la cartera de Asuntos Sociales)”.
“Edgardo Castello era excesivamente responsable y en buena hora, porque así debe ser el ciudadano que asume un cargo público, como el de dirigir los destinos de una provincia. Nos tenía en jaque (a los legisladores) por allí teníamos un receso, pero antes de irnos a casa nos reunía y nos decía: yo necesito para el mes que viene esta ley”.
Había que poner en marcha la provincia, no había legislación. Había que legislar para tierras, para aguas, para educación, para salud, para la policía; en fin: en todos los órdenes. A mí me tocó elaborar la ley orgánica de la policía, estuve un mes y pico yendo de noche a la casa de un ex jefe retirado (de la policía del Territorio Nacional) para ir entrando en el tema, buscábamos las leyes de otras provincias y las analizábamos.
También trabajé en la ley orgánica de los municipios, porque fui presidente de la comisión de Asuntos Municipales. Teníamos sesiones todas las semanas, hemos estado hasta dos meses sin volver a nuestras casas, de tanto trabajo que teníamos por delante. La situación lo exigía, había que fundar una provincia. Después, las legislaturas que siguieron, sólo tenían que hacer modificaciones en esas leyes que ya estaban.
El trato entre nosotros era cordial, entre todas las bancadas. Pero hubo sesiones muy bravas, como cuando se intervino a la municipalidad de San Antonio, por pedido del Ejecutivo. Vino mucha gente, que pedía la intervención.
“Recuerdo que los radicales del pueblo, encabezados por Julio “Buby” Rajneri, se habían preparado para atacar la decisión de intervenir y pidieron una interpelación al ministro de Gobierno, José Basail. Entonces don José, un viejo político fogueado en esos entreveros, empezó su disertación hablando de lo que era el juego de la democracia, y dijo que recordaba cuando había tenido en sus brazos, siendo una criatura, al mismo hombre que le pedía la interpelación.
Porque, claro, los dos eran de Roca y en efecto don José era amigo de la familia Rajneri y de don
Fernando, el padre de Buby. Buby había ido muy caliente a la Legislatura, para ese debate, pero se sorprendió ante esa reflexión, y después lo comentaba entre nosotros: este hombre me desarmó, me dejó sin
argumentos”.
”Pusimos demasiado en el trabajo legislativo y descuidamos lo político, al punto que después perdimos las primeras elecciones. Nos metimos de cabeza en las necesidades en los problemas de la provincia y no hicimos política partidaria.
La gente participaba, venía mucho público a presenciar los debates en la sala del viejo teatro Argentino (modificada en el año 1973 para convertirla en la actual Legislatura de Río Negro, nota del cronista). Hubo sesiones que duraban toda la noche, como por ejemplo la sanción de la ley 200, de creación del IDEVI, que se prolongó hasta las tres y quince de la madrugada del cinco de agosto de 1961, con cuartos intermedios, para conversar con la gente.
Me acuerdo cuando sentamos las bases para la creación del Instituto Superior del Profesorado en Viedma, tuvimos mucho apoyo de los profesores y alumnos.
En el primer período no teníamos casas (recién en la segunda Legislatura, 1963-66, se ocuparon las flamantes viviendas, sobre calles Gallardo y Colón), yo personalmente viví seis meses en la casa de don René Casamiquela; después conseguí una habitación al lado de la zapatería de Fina Yunes (calle Alvaro Barros) y más tarde una de las casas baratas (calle Roca y Moreno) que las alquilaba el Banco Hipotecario Nacional, y conseguí por recomendación de Guido (que era senador nacional).
Algunos diputados vivian en Patagones, acá (en Viedma) el único hotel era el Roma. Muchas veces nos juntábamos para comer en Patagones, íbamos al restaurante de un tal Cepillo, enfrente del muelle. Cruzábamos en lancha de ida y de vuelta. No había mucho para hacer, Viedma y Patagones eran muy chicos.
Recuerdo que a veces íbamos al boliche de Pappático en Patagones, para escuchar algunos cantores. Después estaban los asados en los studs de los caballos de cuadreras, allí pasábamos muy bien, con gente del campo”.
“Ya en 1963, cuando fui elegido legislador por segunda vez, me tocó ser opositor al gobierno de Carlos Nielsen (de la UCRP), y tuvimos muchos enfrentamientos. Hicimos muchos pedidos de informes, que nunca los contestaban, con la explicación de que no se ajustaban a la forma. Yo presenté un proyecto de ley reglamentando la forma en que se deben presentar y contestar los pedidos de informe, pero tampoco nos hacían caso.
Por aquel mismo tiempo impulsé un proyecto para establecer como Día del Libro en la provincia de
Río Negro la fecha de la aparición del primer libro editado aquí, que fueron los “Apuntes Históricos
del Río Negro” escritos por Juan José Biedma en 1887, que tampoco salió”.
“No faltaban los momentos de buen humor y a veces nos permitíamos alguna broma. Farid Marón, gran dirigente de Valcheta y primer presidente de la Legislatura, era acopiador de lanas y seguía haciendo algunos negocios, con un socio en Buenos Aires, mientras cumplía su función legislativa.
Una tarde con Aldo Liccardi (que fue secretario del cuerpo, durante un tiempo) se nos ocurrió
hacerle una cargada. Eran los tiempos en que el texto de los telegramas llegaba escrito en tiritas que se pegaban en un formulario del Correo.
En una máquina de escribir hicimos un texto que decía: el precio de la lana bajó el 40 por ciento, se recomienda no hacer operaciones, y firmaba el socio de Marón. Pegamos la tiritas y doblamos el telegrama como si fuera verdadero y le pedimos a un ordenanza que se lo llevara al estrado, en la mitad de la sesión. En efecto el falso telegrama le llegó y el amigo Marón lo leyó con cierto disimulo, se puso serio y se quedó después muy pensativo, calculando la plata que podía haber perdido. Toda esa noche estuvo abstraído y recién al día siguiente el contamos que era una broma”.
Aquella conversación entre Chucair y el cronista, en la amigable casa de su hija Silvia, en Viedma, culminó con la invitación para dirigirnos a la sede del parlamento rionegrino, donde ya estaba acordado –con las áreas de prensa y protocolo- que accederíamos al recinto para tomarle unas fotos sentado ante una banca. “Bueno, tenés que esperarme un ratito, porque tengo que ponerme camisa, corbata y saco, no puedo ir a ese lugar con una blusa, sport y campera, porque yo tengo un gran respeto por la Legislatura” advirtió Elías, sin disimular la emoción por la circunstancia.
La esencia del escritor.
Quien esto escribe tuvo el privilegio de una afectuosa amistad con Elías Chucair a lo largo de 30 años. La escritora y editora Julia Chaktoura (de Ediciones del Cerro y Remitente Patagonia, de Trelew, que publicaron casi toda su obra literaria con más de 30 títulos) le encomendó el prólogo para “Vivencias de Patagonia en un poema”, del 2012, donde quedó recopilada gran parte de la poesía de Chucair.
Ese trabajo, que lleva por título “Padentrano, nombrador y popular” se transcribe a continuación. Elías Chucair es padentrano, y eso es una virtud, que ejerce con autoridad. Permítanme que les explique un poco de dónde viene esa palabreja. Don Arturo Jauretche la usaba y la había tomado de un texto del poeta Osvaldo Guglielmino, que a su vez la inventó para contraponerla a esa expresión grosera de “pajuerano” con la que los habitantes de la Capital designan (o designaban) a los recién llegados del país interior. Ser padentrano es, entonces, pertenecer, ser y estar en el adentro de la Patria; conocer, amar y odiar (todo al mismo tiempo) este interior maravilloso y sorprendente, defenderlo y hacerlo conocer.
Por eso afirmo y reitero: Elías Chucair es padentrano. Tiene sangre inmigrante en sus venas, y además a lo largo de toda su vida ha fertilizado una fraternal relación con los criollos y los indios.
Esta actitud potencia su condición de padentrano, precisamente, porque el país de adentro está mayormente poblado por esos seres, invisibles a los ojos de la metrópoli. Este poeta amigo, rionegrino y padentrano, dedica muchos de sus versos a poner en el foco de la luz esos rostros del trabajo y el desarraigo. Los coloca en el centro del escenario.
Además, Elías Chucair es nombrador, y esa calidad lo distingue junto a otros poetas de su misma generación, Jaime Dávalos, Armando Tejada Gómez, Antonio Esteban Agüero, Edgar Morisoli, Pepe Sánchez y tantos.
Los nombradores son los poetas, narradores y cronistas que llaman a los personajes de sus escritos por sus nombres, como un pequeño homenaje, manifestación de respeto y sincero manejo de la información referencial.
Pero, también, son quienes al nombrar a las cosas luchan contra el atroz destierro del olvido; porque el nombre se convierte en proclama invencible en el tiempo. Porque lo que se nombra queda en la memoria, como material que construye el imaginario colectivo de los pueblos.
Debo decir, para completar la descripción, que Elías Chucair es popular; lo son los temas que ocupan su literatura y goza su obra del reconocimiento del pueblo, que repite sus historias y poemas, apropiándose de ellos.
Lo popular es, en el arte, una categoría que se puede definir con pocas palabras: es lo que le gusta a la gente. Las imágenes y relatos que transmiten los escritores populares no necesitan explicaciones para llegar al corazón de sus lectores y provocar el cosquilleo de la emoción.
Dicen, los detractores de lo sencillo, que escribir de esa manera no requiere talento. Ignoran que la capacidad de emocionar está reservada a quienes tienen leal sensibilidad por las cosas simples, un privilegio de los espíritus mansos.
Elías Chucair es padentrano, nombrador y popular. Estas condiciones se muestran en esta selección retrospectiva de su obra poética. Transitar por las páginas de este libro es como dejarse envolver por un poncho de nostalgias sureñas, que acaricia y hace soñar; para andar caminos ásperos y dolientes, cálidos y afectivos, y finalmente arribar al alto mollal donde el viento alguna vez perdió una copla.
Una obra inmensa.
La obra completa de Elías Chucair es inmensa, y aparte de 35 libros editados en forma independiente y por los sellos editoriales mencionados, comprende una serie de cuadernillos impresos en rotaprint entre 1983 y 1997, con notas de tenor variado. Una parte de ese material, recopilado por Julia Chaktoura, fue publicado por el Fondo Editorial Rionegrino (FER) en el 2022, en el volumen que lleva el mismo título de aquellos fascículos de circulación limitada.
En ese libro se incorporó como prólogo este artículo presentado por este cronista, en noviembre de 2018, en uno de los Encuentros de Escritores de la Línea Sur de Río Negro, en Ingeniero Jacobacci.
Los cuadernillos de “Ayer y aquí” valioso aporte a la historia regional.
La miscelánea es un género literario olvidado. Se lo define como “una colección de curiosidades o materiales heterogéneos que sólo tienen en común el suscitar el interés del compilador y del público, mezclando la opinión, la instrucción y la diversión, y, a veces, también, el adoctrinamiento moralizante.”
En los tiempos actuales, cuando casi todos los escritores recurrimos a los archivos de internet y usamos el elemental método de cortar y pegar materiales ajenos, la redacción de misceláneas es relativamente sencilla y no pocas veces otorga inmerecido brillo literario a ciertos sujetos que sólo tienen el mérito de ser lectores curiosos y hábiles repetidores.
Pero hace apenas tres décadas, cuando los materiales de referencia eran libros, revistas y folletos impresos, además de las siempre valiosas fuentes orales, la escritura de misceláneas interesantes, originales y bien documentadas era un arte sobresaliente.
Hoy, con motivo de rendirle homenaje al estimado y admirado amigo ELÍAS CHUCAIR, quiero rescatar del olvido la extraordinaria serie de 32 fascículos con el título de “Ayer aquí”, publicados entre 1983 y 1997, recopilando más de 420 notas de diverso tipo con un mismo tema en común: sucesos del pasado de Ingeniero Jacobacci y otros pueblos de la región sur de Río Negro.
Cada uno de los cuadernillos, con 24 páginas de promedio de extensión, contenía entre 14 y 20 breves artículos, todos redactados por el propio Elías, con su conocido estilo de relato ameno, que produce en el lector la sensación de estar participando de una charla presencial con el autor.
Las sucesivas publicaciones, que aparecían cada tres meses, se abrían con un prólogo donde Chucair señalaba que “estos cuadernos persiguen el propósito de acercar al presente episodios, expresiones que tuvieron origen en el medio, nacimiento de instituciones, risueñas anécdotas y personajes; una suma valiosa de hechos que han ido quedando atrás para constituirse en la verdadera historia local y regional”.
En este sentido agregaba que “a la historia no la conforman únicamente las acciones de combate, ni la sangre que se derrama, sino también el conjunto de cosas que se desarrollan en la vida cotidiana de los pueblos y que tiene en el hombre al principal protagonista”.
Con estricta fidelidad a estos principios nuestro amigo escribió esta maravillosa miscelánea por entregas, que según tengo entendido (y para ello he consultado a otros cronistas) no tiene parangón por su extensión y variedad en todo el ámbito patagónico. Dicho de otra manera: no se han escrito respecto de ninguna otra población tal cantidad de apuntes sobre la historia de la gente y sus entidades.
Este enorme y rico acopio de material le ha sido útil, a Elías Chucair, para la compilación de su libro “Anécdotas de un rincón patagónico” (2003), donde aparecen algunos de los muchos escritos de la serie “Ayer, aquí”.
Los datos históricos precisos en su cronología, tomados de antiguos y polvorientos archivos en los que Elías pasó muchas horas, y otros extraídos de las amarillas páginas del periódico La Nueva Era (que se editaba en Carmen de Patagones) constituyen uno de los aspectos más valiosos de estas publicaciones.
Pero el acervo más original, y por ello mismo la gran riqueza contenida en esta saga de misceláneas sureñas y patagónicas, radica en la recopilación de sucesos protagonizados por miembros de la colectividad árabe en particular y vecinos en general, en situaciones cómicas e insólitas.
Estos sucesos llegaron a Elías a través de fuentes orales, en la mayoría de los casos pobladores de avanzada edad, quienes permitieron volcar hacia el documento escrito invalorables saberes sobre diferentes asuntos.
En alguna ocasión anterior, invitado por la amiga Julia Chaktoura para escribir el prólogo de uno de los tantos libros de Chucair, afirmé que Elías forma parte del selecto grupo de los escritores nombradores.
Puse, en aquella ocasión que “los nombradores son los poetas, narradores y cronistas que llaman a los personajes de sus escritos por sus nombres, como un pequeño homenaje, manifestación de respeto y sincero manejo de la información referencial. Pero, también, son quienes al nombrar a las cosas luchan contra el atroz destierro del olvido; porque el nombre se convierte en proclama invencible en el tiempo. Porque lo que se nombra queda en la memoria, como material que construye el imaginario colectivo de los pueblos.”
Ratifico ahora que esta virtud no sólo enaltece a Elías Chucair sino que potencia el valor literario de los cuadernillos de la serie “Ayer aquí”. Si alguien se tomara el tiempo para confeccionar un índice alfabético con la totalidad de los nombres de personas y entidades públicas y privadas, que aparecen en las 768 páginas
acumuladas de la publicación, creo sinceramente que la sorpresa sería enorme.
El caudal es variado y multicolor. Me permito una síntesis sobre los temas abordados en apenas
un puñado de artículos, saltando elegantemente de una cuestión a otra.
Veamos por ejemplo que Elías se introduce con absoluta discreción en el mundillo de las “casas de tolerancia”, que funcionaron en Jacobacci hasta el año 1941; pero también le rinde homenaje y rescata del pasado la figura de Agustín Godón, quien fuera el primer maestro de la población.
Describe alternativas de la crisis del año 30 (del siglo XX) a través de las actas de la Comisión de Fomento, con resoluciones tales como pedirle rebaja de precios a los dos únicos panaderos de Jacobacci.
Realiza una detallada crónica de los adelantos en materia de edificios, con asombroso detalle de las construcciones existentes entre los años 1916 y 1920.
Nos presenta al peluquero Jaluf, con su maravillosa técnica de estiramiento facial de los clientes que requerían una cuidadosa afeitada a la navaja, consistente en introducirle en la boca una ciruela y pedirle que se la colocara de un lado y otro de la cara.
Relata, en distintas aproximaciones, los paulatinos avances en las líneas ferroviarias que se extendieron desde Viedma a Bariloche, y de Ingeniero Jacobacci hacia Esquel; así como también hace la dolorosa descripción del cierre y levantamiento de uno de esos ramales y el achicamiento general del servicio de trenes.
Recuerda también el terrible choque de trenes de marzo de1939 en cercanías de Neneo Ruca, poniendo de relieve la actitud diligente y solidaria de un notable pasajero, el senador nacional socialista Alfredo Palacios.
Evoca, con muchos datos precisos, el breve lapso de funcionamiento del Centro de Salud Mental que se instaló a principios de la década del setenta en el edificio de la Escuela Hogar, en las afueras del pueblo.
Nos lleva por las polvorientas calles del pueblo de antaño acompañando a los vendedores con canastos, una especie comercial totalmente extinguida hace varias décadas. Cuenta desopilantes anécdotas de algunos inexpertos automovilistas que tenían problemas con la marcha atrás de sus vehículos.
Pone en escena al conocido comerciante y acopiador don Fermín Contín, con la balanza de los dedos de su mano derecha, adjudicándole a cada falange una capacidad de resistencia determinada según el peso del bulto que le colgara.
De manera notoria y totalmente comprensible Elías Chucair rinde el permanente y reiterado homenaje a los inmigrantes de origen árabe, como lo fueron su padre y su madre, reivindicando sus sacrificios en los primeros tiempos de radicación en la zona.
Cuenta, con magníficos detalles el inolvidable casamiento entre dos representantes de la colectividad libanesa –Juan Nataine y Yaura El Kasen- con aquella marcha con orquesta por la calles de Jacobacci; y nos hace brotar sonrisas con los dichos de simpáticos comerciantes árabes, como aquel que creyó que la sigla DGI era la marca de una empresa mayorista, y confundió al inspector de réditos con un viajante.
Y predomina, en casi la totalidad de los 32 fascículos, un tono de afectuosa nostalgia en los recuerdos por cuestiones que tal vez para la mirada de una persona común carezcan de importancia, pero sin embargo a través del cristal de un narrador sensible como Elías adquieren otro valor.
Como muestra de esto que digo: se pregunta Chucair adónde fueron a parar los numerosos palenques instalados en las veredas de bares y casas de comercio de Ingeniero Jacobacci, donde ataban sus caballos los parroquianos y clientes de la campaña.
Para concluir esta exaltación de la enorme riqueza de los cuadernos de “Ayer aquí” quiero mencionar un aspecto que probablemente el propio Elías Chucair desconozca, y es la relación entre este género literario español de la miscelánea y su equivalente en la literatura árabe, llamado “adab” y practicado desde el siglo XIV.
El adab reúne respuestas ingeniosas o jocosas, chistes, sentencias morales, refranes, historias y anécdotas, y combina la poesía con la prosa, siendo esta última mucho más abundante; entre los cultivadores del adab en la literatura hispanoárabe se destaca Abú Bakr Ibn ‘Asim, un poeta de Granada, que le dedicó su obra al soberano nazarí Yusuf II, aproximadamente por el año 1415.
Este autor tituló su miscelánea (o adab) como “Hada iq al azahir”, que se traduce al castellano contemporáneo como “Los huertos de flores, acerca de gratas respuestas, chistes, sentencias, refranes, historias y anécdotas”. Se conservan siete ejemplares manuscritos, uno de ellos en la magnífica Biblioteca de El Escorial, cerca de Madrid, que según opinan los expertos es el más completo de todos.
Es notable el parentesco entre aquel “adab” de un remoto escritor árabe y español, que se interna en un huerto matizado de singularidades, y estas misceláneas patagónicas que escribió nuestro querido Elías, a su vez árabe y argentino, fijando su mirada en el ayer del aquí, con una perfecta articulación entre el tiempo y el espacio.
Saludamos al notable escritor Elías Chucair y una vez más admiramos la fecundidad e intensidad de su obra. La serie de “Ayer aquí” quizás puede ser considerada como la etapa inaugural de su proficua labor como cronista regional, dejando para hoy y para siempre un legado monumental que no debe perderse.
Algo que no debe olvidarse.
Chucair no vendió nunca sus libros, los obsequiaba a sus amigos, a las escuelas y los centros culturales. Algunos pocos ejemplares se han comercializado, y están prácticamente agotados. Por fortuna casi todas sus obras se pueden hallar en las bibliotecas públicas y populares, los sitios preferidos del gran escritor patagónico.
En el año 2022 la Legislatura de Río Negro sancionó la ley que establece como “Día del Escritor Rionegrino” la fecha del 30 de julio, en conmemoración del fallecimiento de Elías Chucair. En septiembre de ese año, en el marco de un Encuentro Literario se inauguró la Biblioteca y Centro Cultural Elías Chucair, en la casa donde el autor vivió y escribió durante más de 40 años. El sitio es de acceso público, tomando previo contacto con la familia , allí mismo en Jacobacci, o en la Biblioteca Popular Bernardino Rivadavia de la localidad.
Ojalá este centenario del nacimiento de Elías Chucair nos permita evitar que su obra y su figura entren en el abominable territorio del olvido, el más terrible de los destierros.
Carlos Espinosa, Carmen de Patagones, mayo de 2026
