El Ángel, gaucho patagonés

Por Carlos Espinosa

Este 5 de mayo se conmemora la fecha del nacimiento del múltiple artista Ángel Hechenleitner. En su memoria se publica, por primera vez en forma completa, una crónica del escritor y periodista Carlos Espinosa.

El trabajo fue presentado, en 2024, al certamen “Identidad bonaerense: una mirada a nuestros orígenes”, convocado por el Instituto Cultural Bonaerense. Fue seleccionado entre los 20 finalistas, entre alrededor de 300 participantes.

El Ángel canta “no soy mara con gato, soy patagonés, gaucho pero no de los que persigue el juez”. Agrega, para dejarlo bien en claro: “no soy mara con gato, ni apañado del juez”; y completa “acordáte del verso del viejo Herrero, y si cortás pa’lazo que te de el cuero”.

Ángel Hechenleitner es nacido y criado en Carmen de Patagones, un rincón sureño y bonaerense con buenas razones geográficas e históricas que lo integran a la Patagonia; y rechaza ese gentilicio de maragato, impuesto como reconocimiento institucional al origen de los primeros colonos españoles.

En cambio reconoce como marca y seña la cuartilla de un poeta y trovador de fines del siglo 19 y principios del siguiente que se presentaba diciendo “soy Zacarías Herrero, el gaucho patagonés, gaucho pero no ladrón, de los que se lleva el juez”.

Desprecia la combinación de los nombres de un roedor silvestre y del felino doméstico, y agrega ahí mismo que no tiene ninguna relación con los jueces. No vaya a ser que se lo confunda con el mañoso Viejo Vizcacha.

Canta con ritmo de gato y termina la estrofa con un consejo fácil de entender entre la gente de campo: hay que saber tener cuero suficiente para asumir las responsabilidades que se presentan en la vida.

Sobre este tema, y otros asuntos que lo apasionan, el Ángel Hechenleitner tiene experiencia abundante. Muchas horas de su día transcurren en el taller de soguería, curtiendo el cuero y dándole formas de utilidad para el gaucho, como sogas de todo tipo para el caballo –entre ellas los lazos de hasta veinte metros de largo-, y también los cabos de cuchillo maravillosamente trenzados.

Es una tarea compleja la de tratar de encasillarlo en una sola actividad. Porque el Ángel es diestro en varios asuntos, y ese calificativo le está muy bien puesto. Es músico de los mejores, guitarrista y compositor virtuoso; recopilador de antiguas melodías del folclore patagónico; amansador de caballos y jinete de largas travesías; también cazador de pumas y jabalíes.

Pero la soguería es el oficio que le permite ganarse la vida, ya que nunca le llega el merecido reconocimiento monetario para sus actuaciones en vivo y las grabaciones.

El cronista admite que le resulta difícil tomar una decisión en torno al tiempo verbal adecuado para este relato. El Ángel ya no está, porque lo atrapó la epidemia en el invierno del 2021 y se lo llevó el cuatro de agosto a los 69 años.

Pero, ¿cómo consagrarlo en el pasado, si su voz y las cuerdas de su guitarra siguen sonando; si las tantas piezas de cuero que confeccionó siempre son útiles, en diversas tareas rurales; si las huellas de su caballo se resisten al viento y la lluvia en los caminos y campos de Patagones?

El Ángel está, canta y dice, y se nos representa como auténtica muestra del gaucho bonaerense patagónico.

Está presente en el recuerdo de una entrevista que le realizó el cronista hace casi una década y media, en las charlas a lo largo de más de 40 años de relación, en las letras de algunos de sus poemas musicalizados, en las palabras de la familia, y en el recorte de varios párrafos de su maravilloso legado escrito con forma de libro.

El Ángel asume la difusión de la interesante historia de su pueblo, este Carmen de Patagones que jugó y ganó una partida brava en la defensa de la soberanía, resistiendo un intento de ocupación brasilera en marzo de 1827, en el Combate del Cerro de la Caballada.

Pone atención en la figura del gaucho José Luis Molina, que llegó desde el centro de la provincia con 22 ‘tragas‘(muy buenos jinetes, que tragaban leguas) para unirse a la milicia que logró ponerle freno al ataque invasor.

Una milonga le dedica Hechenleitner a esa figura notable y casi desconocida. En su letra protesta contra la historia oficial que, durante muchos años, prácticamente ignoró a Molina y sus gauchos, y a la hora de nombrar calles con los protagonistas del combate sólo le adjudicó un callejón de pocos metros de extensión.

Dice así: “Esta Milonga quiero para nombrarlo a Molina, porque la historia, se sabe, es con los gauchos mezquina. Su hazaña no he de contar, pues de gauchos no sería. La milonga, que es mujer, me ha de contar su valía.

Los piratas de este puerto le han envidiado la baquía, pa`cruzar un mar de pampa con el instinto de guía. Corta es la calle que nombra al gaucho José Molina, ¿quién sabe quién la eligió? ¡Saberlo me gustaría!

¿Qué apellido hay que tener para entrar en esta lista? ¡Fierro, que fue el más mentao, anda afuera todavía! Siempre hace falta algún gaucho cuando la patria peligra. ¿Quién otro pondría el cuero a la historia que es mezquina?

Anoche pasó su rastro, tan cerca de mi memoria, que mi perro, que es de viento, salió a torearle la sombra.“

Ángel Hechenleitner recurre muchas veces a la milonga, como uno de los caminos preferidos para adentrarse en lo que llama “los asuntos del hombre”, con atención puesta en los ecos del universo. Pone la mirada sobre lo singular, pero sin descuidar lo general.

“Como ya dijo Atahualpa Yupanqui la música de la milonga a veces es un pretexto para decir cosas, pero también le exige al hombre que la afronta un diálogo interesante con la guitarra, y que no se quede solamente en el rasgueo de las cuerdas”, la voz del Ángel se escucha desde un registro digital de archivo.

En la modesta cordialidad de su casa del barrio Bicentenario de las afueras del centro de Carmen de Patagones, en la calle Tomás Castro bien al sur del territorio provincial, este hombre de costumbres austeras y palabra serena se constituye en referencia clara de la identidad cultural campesina.

Está erguido sobre el recado de sus saberes, afirma con sentimiento y seguridad que “sé hacer de un potro un caballo; y de una guasca una soga. Y del silencio del campo, el tranco de las milongas».

––¿Cuántos caballos tuvo el Ángel a lo largo de su vida? ¿Cómo los eligió?
Responde Estanislao “Pepe”, uno de sus dos hijos varones. ––Pienso que los caballos le iban llegando, como una especie de destino, alguno porque el dueño ya no lo necesitaba, otro como un regalo afectuoso, pero ninguno fue comprado.

Los mejores fueron los que amansó él mismo, bien desde abajo para que fueran confiables en el andar, trabajándolos de boca para hacerlos obedientes––
Cada uno de esos animales tuvo su historia, y en la charla surgen pelajes y apelativos. ––Me acuerdo de un moro tordillo, medio mestizo, que llamaba Moro, simplemente; y de un colorado, empacador, que era el Chino––

Aquí también participa Sebastián, el otro hijo de Hechenleitner, para agregar un dato curioso: ––Al colorado ese lo iban a mandar al frigorífico, porque el dueño no lo podía manejar, pero Papá lo miró y dijo que se lo quedaba, que lo iba a sacar bueno, y empezó con llevarlo por la costa del río y hacerlo galopar por las bardas, y así lo amansó a su gusto y lo acompañó unos cuantos años––

Sigue Pepe: ––También tuvo un overo –el Rosino- que le regaló su amigo guitarrista Juan Carlos Guerrero, que era caballo de sobrepaso (el animal que mueve a un mismo tiempo la mano y la pata del mismo lado) y aparte hubo un gateao que tuvo de potro. Ese tenía como dibujada una hoz en la frente y por eso le puso El Comunista––

Interviene Sebastián: ––Otro animal que salvó del cuchillo fue un picazo panza blanca, bien criollo, que el propietario se lo quería sacar de encima porque andaba pisando mal de una mano.

Papá dijo que se lo llevaba, sin mucha explicación. Lo trajo a casa, lo revisó bien y descubrió el problema: adentro del vaso de esa mano tenía una espina metida bien adentro y le hacía doler, se la sacó, lo curó y el caballo anduvo perfecto––

Recuerda Pepe ––cuando fuimos a buscar un potrillo lobuno a un campo a unas tres leguas del Carmen de Patagones nos estaba esperando un viejo criollo, de esos a los que les gusta contar historias fantasiosas, y mientras íbamos cargando el caballito en la camioneta nos decía que él, de joven, lo había conocido al famoso bandolero Juan Bautista Bairoletto––

––Veníamos de vuelta y me dijo Papá: a este caballo lo voy a llamar Bairoletto, y quedó así nomás por esa ocurrencia del viejo––

Ese fue el último pingo del Ángel, en las travesías cortando el rastro de jabalíes y pumas, en esas noches propicias para tender el recado a la luz de las estrellas, en los galopes que proclamaban libertad.

Sigue Pepe: ––Cuando Papá murió el lobuno estaba con otros caballos nuestros en un campo que tiene Sebastián, cerca del mar. Allí siempre andaba suelto monte adentro y había que entrar a buscarlo. Pero la primera tarde que volvimos por ahí después de lo que pasó, apenas entramos por la huella para el lado de la casa, el Bairoletto se apareció solo, como que ya sabía––

–– Se acercó, tranquilo, estuvo olfateando todo y se quedó mirando un rato, después al tranco se fue para un corral que tengo atrás de la casa y allí se quedó, sólo nomás–– aporta Sebastián, sin ocultar las lágrimas que le brotan con el recuerdo.

Un par de inviernos después el lobuno amaneció muerto, de puro viejo nomás, y su osamenta quedó debajo de un chañar grande, por el lado de la costa. “Los caballos deben morir libres en el campo” decía siempre el Ángel.

La intensa relación de Ángel Hechenleitner con los yeguarizos resultó en el magnífico libro que tituló “El caballo patagónico y sus jinetes”.

Unos cinco años estuvo tomando apuntes, elaborando el hilo conductor de una obra destinada a explicar los secretos de la relación entre el hombre y su montado, partiendo desde sus propias vivencias, las del guitarrista que sale al campo a caballo. No llegó a verlo impreso, la editorial completó la tarea seis meses después de su muerte.

“¿Cómo cantar milongas sin caballos? ¿Cómo asir la guitarra sin soñar caballos? De trancos están hechas las milongas y de galopes los zapateos; la percusión de cascos sobre la tierra, la piedra, el salitral o la arena son música en la soledad de las marchas de a caballo” arranca esa obra apasionante.

En el primer capítulo, que lleva el bello nombre de “Poética del caballo y del hombre” sigue diciendo que “Es claro que algo de danza tiene la andadura, porque su rítmica anima el interior del jinete que es llamado por el horizonte; cuando ya se ha montado hay una sensación de inmensidad por delante, de poseer la distancia y la libertad de andarla”.

Ese hombre que inhala el aire campestre bonaerense y exhala poesía y música asegura que “la altura que domina el jinete es la necesaria y justa para la visión gozosa, divisadora de lejanías; la marcha del caballo no altera el rumor del paisaje, forma parte de él, es la velocidad del sosiego en rítmica armonizadora”.

De las tres formas naturales del andar del caballo –tranco, trote y galope- elije la primera, porque tiene “la musicalidad fina del compás del cuatro por cuatro”, y admite “cierto desprecio por el trote, que es considerado marcha de gringo y, cuando no, de milico”.

Para escribir esa obra tomó apuntes sobre una veintena de libros referidos a la temática gauchesca y de viajeros por las pampas, pero esencialmente se dedicó al rescate de su propia historia y los recuerdos familiares.

La estampa de jinete criollo la pintó de cuerpo entero, como si se mirase en un espejo imaginario sobre el extenso horizonte plano del partido de Patagones.

En este punto: una necesaria explicación. Se sabe que la Real Academia Española rechaza el uso de los artículos “el” o “la” antepuestos al nombre propio, pues lo considera vulgar, inadecuado de personas ‘cultas o educadas’.

Pero en Carmen de Patagones y la región circundante es muy común referirse a este gaucho patagonés como “el Ángel”, sobre todo en el círculo de su familia y amigos más cercanos.

Por cierto que Hechenleitner es muy cuidadoso en el uso de las palabras, porque mide los exactos significados y el lugar conveniente para ubicarlas.

De nuevo suena la antigua grabación. La pregunta es ––¿Cómo es esto de la tradición?–– y el Ángel se acomoda en la silla, dispuesto a largar el rollo de un tema que sin dudas lo entusiasma, y salen ideas meditadas antes de ser lanzadas al viento, con el sereno decir de alguien que sabe contestarse todos los interrogantes.

––La tradición es inherente a todos los pueblos del mundo; lo tradicional es lo que se trae; lo que el pueblo va acumulando y asimilando según su conveniencia.

Por ejemplo el asado es una de las manifestaciones más comunes de lo tradicional, una forma de cocinar tan sencilla y útil para que el hombre que anda de viaje a través del campo pueda alimentarse, porque sólo hacen falta algo de leña, un poco de carne y un asador o parrilla para sostenerla sobre las brasas––

Dice también que ––Hay tradiciones en las herramientas y utensilios de uso cotidiano, como es el cuchillo, un elemento de origen ancestral, que es compañero inseparable del hombre de campo, para usarlo en muchos asuntos distintos, para cazar un animal y desollarlo, para cocinar y comer, para defenderse si es necesario también––

––La tradición no es solamente el gaucho, ni tampoco es sólo el Martín Fierro, porque incluye a muchos otros aspectos de lo que hace el hombre.

Ser gaucho es algo muy potente. Gaucho no es cualquiera, para ser gaucho hay que reunir una serie de condiciones, que no son solamente las de la destreza en el manejo del caballo y los temas rurales, sino que es una actitud frente a la vida.

A pesar de lo que han dicho los detractores el gaucho fue un gran constructor del país, que puso el cuero en todas las situaciones bravas. Pero sin embargo fue desheredado, quitándole derecho a reclamar nada.

Los pueblos originarios invocan y defienden sus derechos de pertenencia ancestrales, pero el gaucho en cambio no puede hacerlo, porque históricamente ha sido, y en algunos casos sigue siendo, el que fue descartado en el mismo momento en que dejó de ser útil––

El Ángel sabe de estos temas. Esa sabiduría la proyecta en su trayectoria personal. Casi siempre se le pregunta sobre la multiplicidad de tareas que desarrolla y tiene una respuesta adecuada.

––Se trata de una forma de vida, en donde están todas las actividades incorporadas, todas unidas. Yo no podría ser sólo un guitarrista, o sólo un soguero, o un hombre de a caballo solamente. Todo convive en mí, para enriquecerme de distinta manera––

––Mi maestra de guitarra Irma Costanzo siempre me dice: ‘cuidate las manos’; y yo me río: ‘si te imaginaras las cosas que hago yo con las manos…’

Pero con los años uno aprendió a cuidarse, y pienso que el hombre de campo aprende a manejar el alma; porque uno viene de una tarea violenta, como puede ser haber enlazado un animal, se pega una refrescada, se prepara unos mates, y se sienta con sosiego al lado del fogón a tejer un primor, con un tiento finito como un pelo, y claro, para hacer todo esto uno necesita estar en paz con uno mismo, creo que esa debe ser la clave, seguramente––

––A veces yo hago mucha fuerza con las manos, cuando trenzo, cuando salgo a cazar jabalíes, actividad brusca y a veces riesgosa; pero después cuando vuelvo a casa me tranquilizo, descanso, y me pongo a tocar, a componer; acompañado por las imágenes que traigo del monte, porque algunas imágenes despiertan una necesidad sonora–– El registro llega al final, queda en la memoria su decir claro, con cadencia campesina.

Nora Brunand fue durante 51 años la compañera del Ángel y la madre de sus cinco hijos; aporta sus recuerdos, desde la cantera familiar de anécdotas y vivencias.

Así lo evoca: ––Su momento preferido del día eran las primeras horas de la mañana, encendía su fogón en el taller de soguería y preparaba unos mates.

Ángel se sentía un gaucho y como tal padeció que no lo consideraran bonaerense, por ser del sur del río Colorado; pero tampoco patagónico por ser del último rincón de la provincia de Buenos Aires. Para él su lugar y pertenencia eran la posta y puerto de Carmen de Patagones––

––Sus maestros y amigos fueron Antonio Barceló -creador de la Escuela Nacional de Danzas-, la concertista Irma Costanzo, el antropólogo Rodolfo Casamiquela, y los anónimos artistas populares, quienes construyeron su acervo––

––También recibió enseñanzas y aprecio de figuras como Suma Paz, Alberto Merlo, Linares Cardozo, Jaime Torres, Osiris Rodriguez Castillos, Adolfo Colombres y el Gato Ossés con quienes tuvo largas pláticas; en las generaciones más actuales lo admira el guitarrista Carlos Martínez, quien le dijo “maestro siga componiendo usted, para nosotros poder interpretar”––

Nora tiene, naturalmente, un recuerdo particular para Atahualpa Yupanqui, que reparó en los talentos del Ángel en una de aquellas famosas Fiestas de la Llanuras en Coronel Dorrego, en los años setenta. –– Don Ata nos visitó en nuestra casa, y mis hijos que eran chicos siempre recuerdan las anécdotas y dichos que les relató––

––Una vez Ángel viajó con él hasta Cosquín en auto, con el poeta e historiador Carlos Castello Luro, otro gran amigo, compartiendo varios días con los dos, escuchando e impregnándose de tanta sabiduría. Al salir estaban acomodando en el baúl sus guitarras y Yupanqui le dijo “póngalas juntas, paisano, pa’ que se vayan conversando”––

Esa relación se prolongó en el tiempo. El maestro le enviaba postales y mensajes de puño y letra desde distintos puntos de su gira por Europa. ––Las conversaciones entre ellos no eran sobre música y guitarra, a don Ata le gustaba hablar de caballos y cosas del campo, por eso las postales que le mandó eran de caballos en la campiña francesa–– añade Nora.

En una de las notas manuscritas, en el reverso de las postales, Yupanqui se despide así: “bueno, paisano Ángel, siga con su guitarra y ojalá la vida no lo embrete en el espectáculo, que casi no es buen destino pa’ un hombre libre”.

Hechenleitner adoptó esa recomendación como una consigna, incorporada a su estilo de vida. Rehuyó de las adulaciones banales que son pronunciadas por pura cortesía, y de los escenarios ruidosos, donde el público está sólo interesado en entretenerse y pasar el rato.

Un rico patrimonio de diversos saberes acumuló el Ángel Hechenleitner, forjando su conocimiento tanto en el estudio teórico como la práctica empírica, en relación directa con los recursos de la vida y la cultura del hombre de campo. Los asuntos que conocía y manejaba eran, son, y seguirán siendo aquellos que más asiduamente interesan al gaucho bonaerense patagónico.

Practica la cacería de jabalíes entre los montes de chañares y piquillines del partido de Patagones, a caballo y acompañado por cinco perros rastreadores –el “Yerba” es el líder del grupo- que acorralan a la presa para que el Ángel pueda desmontar y terminar la faena a cuchillo.

Cada vez pone a prueba su condición de jinete; como herencia de las vaquerías, aquella captura de ganado cimarrón a campo abierto, que realizaban los gauchos bonaerenses hasta el siglo 19, antes que los vacunos se encerraran entre alambradas.

Después de la cacería viene el encuentro con la familia y algunos amigos, en la casa del barrio Bicentenario. Se le achinan los ojos de satisfacción cuando festeja la ceremonia crepitante del fuego y los elogios de los invitados acerca de la calidad de esa sabrosa carne asada a punto, con gusto a naturaleza.

Tal vez en la sobremesa abraza el instrumento encordado. Pide silencio y regala una canción.
Quizá es esa bella letra donde ese gaucho bonaerense patagónico, sabedor de varios oficios y también músico, propone que “cante suelta la guitarra, que nada le ate la entraña, que suene libre el cordaje como el viento de la pampa, que suene a trueno tu bordón, y a primor la prima altiva, regazo de chiripá a su voz de vidalita”.

Ese enlace de notas donde el Ángel se pregunta “¿Qué haremos aquí guitarra, cantando de esta manera? ¿Nosotros, que sólo somos canto de barro y madera?”
“Guitarra que sos de lluvia, de fuego y de viento a la vez, te doy mi pecho de tierra para hacerte florecer.

A humo olemos guitarra, y a sudor de los galopes, por eso un fuego me basta para asomarme a tus sones” proclama finalmente.

El Ángel anda en su lobuno Bairoletto, al tranco o al galope, pero nunca al trote; con su guitarra y sus canciones, recorriendo horizontes infinitos sin alambrados.

Notas:

En el texto están citadas las siguientes composiciones de Ángel Hechenleitner: “El patagonés”, “Milonga por Molina” y “Canto de barro y madera”, disponibles en las plataformas Youtube y Spotify.
El libro “El caballo patagónico y sus jinetes”, por Ángel Hechenleitner, fue publicado en 2021 por Ediciones del Sol, en su Biblioteca de Cultura Popular.

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