Desde hace años, un niño de Cipolletti carga con un apellido que no siente propio. En su casa, su madre fue siempre el único refugio. Ella lo cuidó desde antes de nacer. Trabajó limpiando casas, salió temprano y volvió tarde, pero nunca faltó. Él creció viendo cómo su madre resolvía sola lo que otros compartían entre dos.
Del otro lado, el silencio. Su padre no apareció durante el embarazo, no estuvo en el parto, ni en los primeros pasos, ni en los cumpleaños. Aportó dinero por un corto tiempo y después, nada. Tampoco ofreció palabras. La distancia se hizo costumbre. La ausencia, parte de la rutina.
Cuando comenzó la escuela, el niño empezó a notar diferencias. En los actos, en las salidas, en los nombres. Algunos compañeros hablaban de sus padres, otros esperaban que los pasaran a buscar. Él volvía con preguntas que su madre respondía con paciencia y honestidad. Pero la inquietud creció.
A los ocho años, dijo por primera vez lo que sentía. Quería dejar de llevar el apellido paterno. No le pertenecía. En cambio, pidió que lo llamaran por el apellido de su madre. Así lo usó en la escuela, con sus amigos, en los grupos deportivos. Y cuando llegó el momento de terminar la primaria, hizo un nuevo pedido: que su certificado lleve el apellido que representa su historia.
Su madre presentó una demanda. Contó lo vivido. Narró la ausencia del padre, la falta de ayuda económica y emocional, el esfuerzo de criar sola. Explicó cómo su hijo construyó su identidad, lejos del hombre que nunca estuvo. El progenitor fue notificado, pero no se presentó ante el Poder Judicial ni respondió el reclamo.
El fuero de Familia de Cipolletti no solo revisó los documentos. También escuchó al niño, en una audiencia junto a la Defensora de Menores. El relato fue claro, directo y maduro. Dijo que no se identificaba con el apellido del padre, que nunca se sintió parte de ese vínculo. Pidió, con convicción, que lo dejaran usar el nombre que realmente sentía como suyo.
El equipo técnico que intervino confirmó esa percepción. Destacó la claridad del niño al expresarse y señaló que modificar el apellido sería, para él, una forma simbólica de cerrar un ciclo. También consideró que el niño comprendía plenamente el alcance de lo que solicitaba.
Con todos estos elementos, el juez dictó sentencia. Determinó que existió abandono por parte del progenitor y, en consecuencia, lo privó de la responsabilidad parental. Además, ordenó que el niño sea inscripto solo con el apellido materno y dispuso que su nuevo documento de identidad no contenga datos del padre biológico.
