«Cicatrices de viento y agua»: un cuento de Margarita Borsella

Ayer no más, un viento como un carnívoro invisible, se abalanzó sobre Bahía Blanca con la furia de un dios vengativo. No había sido un viento cualquiera. No. Había traído con él el olor acre de la muerte, ese hedor nauseabundo a salitre y desolación, que convirtieron a las casas en esqueletos blancuzcos, a quienes las garras del viento las despojó de sus pieles de color.

Ayer nomás, la gente presa del pánico se aferraba a lo que podía. Las ramas de los árboles parecían arañar al cielo suplicando no caerse, pero la furia del ventarrón las doblaba, quebraba sus troncos, y hasta arrancaba despiadadamente sus raíces.

En los barrios costeros de la ciudad, el mar embravecido vomitaba su ira con olas enormes que reclamaban lo que alguna vez le perteneciera.

Los techos de las casas, galpones y gimnasios se desplomaron como castillos construidos con naipes de cartón dejando en carne viva sus entrañas.

Ayer nomás, los cristales, convertidos en puñales punzantes habían sido esparcidos por las calles convertidas en laberintos de espejos trizados.

Los barcos dormían volcados con sus cascos rotos como juguetes viejos y destrozados. El agua, una mezcla de sal y petróleo, pintaba un paisaje apocalíptico que creaba una atmósfera irrespirable.

En medio de toda esa destrucción, una belleza rara dentro de un rayo de sol, se filtraba entre los nubarrones grises y proyectaba una sombra burlesca sobre las ruinas creando un escenario surrealista. Esa belleza dolorosa que solo puede ser apreciada por quienes vivieron la pesadilla de haberlo perdido todo.

Y ayer nomás, el viento se cansó. Pero Bahía Blanca quedó herida y envuelta de un silencio cargado de dolor.

Y ese olor a sal y petróleo que emanaba del mar, era como un mensaje recordatorio de la furia de la naturaleza y de la fragilidad de la vida. Como esa fragilidad y fortaleza de doña Raquel, la abuela que perdió a su marido bajo un tirante que cayó del techo. Esa abuela a la que el silencio ensordecedor en la retirada del vendaval, la encontró aferrada con una mano a una columna de cemento, y con la otra sosteniendo la bolsa en donde había puesto a Emma, su cachorra negrita y mestiza, para que la furia del viento no la dejara como a otro juguete viejo y roto.

Raquel quedó con la mirada fija y vacía en el horizonte como a la espera de ese carnívoro invisible que sembró desolación para dejar una cicatriz profunda en su ciudad.

Hoy, con esas cicatrices del 2023 aún abiertas, el cielo se ensañó con Bahía Blanca. En pocas horas se desplomó sobre ella. El agua caía torrencialmente, sin piedad. Los arroyos desbordaron. Las calles se convirtieron en ríos turbulentos que arrastraban autos, colectivos y sueños como si fueran barquitos de papel.

El agua sucia y helada se elevaba tragándose todo a su paso y llevándose con ella vidas y esperanzas renovadas después del vendaval.

Los niños no jugaban, escuchaban el rugido del agua que golpeaba sus ventanas, techos y paredes. El miedo era ahogado por el estruendo de la lluvia y la avalancha de agua de los arroyos desbordados.

El agua se llevó terraplenes, puentes, vías, casas. La ciudad quedó sumergida en un mar de agua sucia y lodo.

Vecinos salvaban a vecinos.

Otros no pudieron, se fueron.

Las paredes endebles de la pequeña casa de doña Raquel, luchaban contra la corriente. El agua que avanzaba sin tregua, se filtraba por las grietas, subiendo

con una voracidad insaciable.

Los muebles se convertían en grotescos bártulos a merced del torrente. Un señorial sillón Chesterfield de cuero flotaba junto a una silla de madera de álamo, un I-phon 16 junto a un Nokia de los 90, una colección de Quinquela junto a un cajón con fotos viejas, cartas de los soldados que fueron a Malvinas y postales de Grecia, tarjetas de crédito y partidas de nacimiento, los primeros zapatitos de un bebé y una silla de ruedas. La ciudad ya era un lago en donde los objetos, despojados de todo significado, viajaban como fantasmas.

El bramido del agua se mezclaba con gritos desgarradores. Vecinos nadaban luchando contra la corriente. Otros buscaban un punto de apoyo o se aferraban a escaleras pareciendo trepar a una salvación falaz. Otros con pánico atroz y sin pensar, intentaban escapar en autos y camiones que se convertían en pequeños barcos frágiles flotando a la deriva o quedando encallados en los terraplenes como si fueran unos insectos gigantes atrapados en una resina pegajosa y oscura.

Y en ese lago, entre los objetos, escombros y gritos, cuerpos derrotados flotaban inmóviles como juncos marchitos en un mar de angustia.

El agua se tragaba a la ciudad. Un diluvio que se abalanzó sin aviso previo.

Solo un silencio denso, premonitorio. Luego la oscuridad. Las luces se apagaron, las comunicaciones se cortaron. Los vecinos se aislaron.

Las mascotas, niños y abuelos fueron subidos a lugares altos. Otros arrastrados por la corriente aparecieron en sitios lejanos. Ceferino pudo encontrar y salvar a Feidman, su perro. Rubén, un héroe; perdió su vida al intentar salvar a dos hermanitas.

El agua continuaba su obra borrando los límites entre la vida y la muerte.

Finalmente, el cielo calló.

Esta vez no hubo una belleza rara y dolorosa dentro de un rayo de sol, solo el gris frío de la desolación. No había barcos volcados, sino autos apilados y arrastrados por la corriente. El aire no sabía a sal y petróleo, sino a lodo y a un pánico abismal.

Con heridas y empapada, Bahía Blanca quedó bajo una capa de agua estancada con hedor que grabaría en la memoria y en las almas de los bahienses cicatrices de esta catástrofe, de este cataclismo acuático que derrocó a la ciudad en pocas horas.

Raquel no quedó con la mirada fija y vacía en el horizonte. Despertó sobre unas mantas mojadas sobre el techo de la vivienda de una vecina, pero sin Emma dentro de la bolsa que la protegió del vendaval. Miraba a su alrededor, a la marca que el diluvio había dejado en su alma y en el alma de una ciudad devastada, en donde la memoria del agua sucia, fría y con hedor se grabaría para siempre.

Dentro de una heladera abierta y flotando, la negra mestiza amamantaba a siete cachorritos recién nacidos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *